Nuestra música Católica

lunes, 2 de noviembre de 2015

Fiesta de todos los santos

"Santo Dios, santo fuerte, santo inmortal", oramos en la liturgia del Viernes Santo. Como creador de toda la vida, también es el compendio y la plenitud de la santidad, y es el único santo, del que todos los santos de este mundo recibieron su parte de perfección por la gracia.
Este don de la santidad, regalo del Padre amoroso desde el día en que renacimos por el agua y el Espíritu Santo, obra en nosotros con impulso misterioso para que todas nuestras acciones, como las oscilaciones de la aguja magnética, tiendan al primer origen y a nuestra última meta. Así, cada uno de nosotros está llamado y ha sido elegido para la santidad, que debe ser el cumplimiento normal de toda vida cristiana.
Al honrar a los santos, la Iglesia en verdad alaba la bondad de Dios, que les concedió el torrente de su gracia y, al invocarlos, su clamor no se detiene en un intercesor milagroso, sino que llega hasta el mismo Cristo, a quien estos bienaventurados están ligados íntimamente en la unidad de su cuerpo místico. Nosotros también los amamos y veneramos porque la plenitud de la vida de Cristo se manifiesta en ellos. La gloria de Cristo brilla en ellos y mueve nuestros corazones para seguirlos e imitarlos en su lucha por el bien.
Santidad es gracia, pero santidad también incluye cooperación humana valiente, máximo esfuerzo y heroísmo sin par, pues la gracia no anula la naturaleza ni las consecuencias del pe-cado original. Por eso, el rostro de todo santo ostenta las huellas de la lucha y del sufrimiento. Ningún ángel les apartó las piedras del camino. Cada uno de ellos soportó, con dificultades, la maldición de Adán, cada uno tenía sus tareas y problemas especiales, ninguno se ganó el premio sin haber cargado con su cruz. No fueron fugitivos del mundo, como los pinta la opinión común. Aun retirados en la soledad del desierto o la paz del convento, las tentaciones los acompañaron; pero ellos lograron vencerlas. Muchos cayeron y volvieron a levantarse y destacaron por su penitencia; otros se distinguieron por la inocencia de su corazón. Su voz nos habla en muchos idiomas. Su ropaje y su vida son tan multifacéticos como la naturaleza inagotable. No hay opinión más tonta que pensar que, plantados y podados por el jardinero celestial, todos son iguales, ¡Qué diferencia entre san Pablo y un san Juan de la Cruz, entre Catalina de Sena y la pequeña Teresa del Niño Jesús!
La Iglesia no conoce a todos sus hijos e hijas de virtud heroica y sólo eleva a algunos al honor de los altares. Muchos de aquéllos, sobre cuyas tumbas prendemos en este día las velas del recuerdo devoto, ya fueron aceptados por Dios en su gloria y siguen al Cordero a donde quiera que vaya. Nadie conoce sus nombres; tal vez en la tierra fueron insignificantes y des-preciados; entregados a la voluntad de Dios, sufrieron el martirio de las obligaciones de todos los días.
También a esos santos anónimos se honra en la fiesta de este día. Los saludamos desde la miseria y a estrechez de nuestra propia existencia; alabamos al creador y le agradecemos la gracia de su elección; les rogamos que intercedan por nosotros para que sigamos valientemente sus pasos. No busquemos milagros y visiones; meditemos sobre la base original de su virtud y la unidad interna de su vida. San Agustín. el hijo descarriado y más tarde santo, nos lo inter-preta: "Aunque todos se armen con la señal de la cruz; aunque todos digan Amén y canten el Aleluya; aunque todos se bauticen, visiten iglesias y construyan catedrales; los hijos de Dios y los hijos del diablo sólo se diferencian por el amor".


Fuente: http://www.mscperu.org/Santos/santoral/11santos_noviembre.htm

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